Más allá del nearshoring

En medio de la tensión comercial entre Estados Unidos y China, y ante la inminente revisión del USMCA en 2026, vale la pena escuchar a uno de los economistas más lúcidos del momento: Michael Hudson. En una reciente entrevista, Hudson sintetiza con claridad brutal la gran fractura del siglo XXI: no se trata solo de una disputa entre potencias, sino de dos modelos económicos antagónicos. Uno, el capitalismo financiero estadounidense, que prioriza el cobro de rentas y el servicio de la deuda. Otro, el capitalismo industrial chino, que pone el crédito al servicio de la producción real, la infraestructura y el avance tecnológico.

Hudson recuerda una verdad clásica que los neoliberales olvidaron: las deudas impagables no se pagan. Cuando el peso del interés compuesto supera el crecimiento real de la economía, el resultado es deflación de deuda, recesión y transferencia masiva de riqueza de los productores hacia los rentistas (bancos, fondos de inversión y propietarios de activos financieros). Ese es el camino que Occidente ha seguido desde los años 80: desregulación, financiarización y rescates selectivos. El precio lo pagamos todos: desindustrialización, estancamiento salarial, burbujas recurrentes y una élite que vive de extraer renta en lugar de crear valor.

China, en cambio, ha seguido la lógica que los propios Estados Unidos usaron en su fase ascendente (siglo XIX): un Estado fuerte que orienta el crédito hacia la industria, controla los monopolios naturales (banca, tierra, energía) y evita que la renta financiera devore la ganancia productiva. El resultado es visible: liderazgo en vehículos eléctricos, energías renovables, ferrocarriles de alta velocidad y una reducción histórica de la pobreza. No es un modelo perfecto —tiene sus propios desequilibrios inmobiliarios—, pero demuestra que otra relación entre Estado, banca y producción es posible.

¿Dónde queda México en este tablero?

Estamos en la posición más incómoda y, paradójicamente, más estratégica. El 80% de nuestras exportaciones van a Estados Unidos. El nearshoring ha traído inversión y empleo, pero también ha profundizado nuestra dependencia. Seguimos siendo, en gran medida, un ensamblador de bajo valor agregado para cadenas que deciden en Washington o Nueva York. Cuando la Fed sube tasas, nuestra deuda en dólares se encarece. Cuando Washington decide “friendshoring” o “securityshoring”, corremos el riesgo de que parte de esa inversión regrese a territorio estadounidense. Y cuando intentamos diversificar con China, recibimos presiones diplomáticas y amenazas arancelarias.

Este no es un destino inevitable. Es el resultado de décadas de política que priorizó la apertura sin condiciones sobre la construcción de capacidades nacionales.

No se trata de “romper” con Estados Unidos —eso sería suicida—, sino de reducir gradualmente la vulnerabilidad y aumentar nuestro margen de maniobra geopolítico. México debe construir un modelo híbrido industrial con clara vocación soberana. Los pasos concretos son:

1. Reorientar el crédito hacia la producción real. Fortalecer la banca de desarrollo (NAFIN, Banobras, Bancómext) y condicionarla a proyectos con alto contenido nacional, transferencia tecnológica y encadenamiento productivo. Aplicar impuestos progresivos a las rentas improductivas (especulación inmobiliaria, flujos financieros cortoplacistas) para financiar infraestructura pública.

2. Nearshoring con reglas claras. Atraer inversión extranjera, sí, pero exigiendo porcentajes crecientes de integración local, capacitación de mano de obra y desarrollo de proveedores mexicanos. No más maquiladoras eternas. Queremos plantas de baterías, semiconductores, farmacéuticos y renovables que realmente eleven nuestra posición en la cadena de valor.

3.   Diversificación estratégica. Usar nuestra posición geográfica como puente, no como patio trasero. Negociar en la revisión del USMCA reglas de origen que nos beneficien y, al mismo tiempo, ampliar acuerdos con Asia, Europa y América Latina. Explorar instrumentos financieros alternativos (líneas con bancos de desarrollo chinos o mecanismos BRICS+) siempre con control de riesgos y sin ataduras políticas.

4.  Reconstruir capacidades estatales. Fortalecer la CFE con socios privados bajo control nacional, impulsar el Corredor Interoceánico y los puertos, invertir seriamente en educación técnica y llevar a cabo una reforma fiscal amplia que amplíe la base tributaria sin castigar el consumo popular.

5.  Neutralidad activa. México no tiene por qué elegir bando en la guerra fría tecnológica. Nuestra mejor carta es ser un socio confiable pero autónomo: proveedor seguro para Norteamérica y socio industrial para Asia. Eso solo se logra con un Estado fuerte, diplomacia pragmática y élites que piensen en el largo plazo nacional antes que en sus intereses rentistas.

El mundo está cambiando. El modelo financiero que nos vendieron como único y eterno muestra cada vez más grietas. China nos demuestra que es posible crecer poniendo la industria y la soberanía en el centro. México tiene la ubicación, los recursos humanos y la ventana del nearshoring para dar el salto. Solo falta voluntad política para dejar de ser periferia dependiente y convertirnos en un actor con verdadero peso en el siglo XXI.

La historia no perdona a los países que eligen la comodidad de la dependencia sobre la dificultad de la soberanía. Es momento de que en la República Mexicana elijamos bien.

Miguel Tello

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